Cogí todo lo que poseía. Una maleta cargada de emociones, de recuerdos de esperanzas rotas. Aspiré todo el oxígeno que pude y subí los tres escalones que separaban el pasado con el futuro. Muchas veces subí esos mismos escalones, bajándome a los pocos minutos, quizá porque pensaba que no todo se había acabado, y mi exageración, manifestaba un sentimiento de culpa hacia mí misma. Pero hoy no, esta vez sabía muy bien que no quedaba nada, que yo no era nada.
Me acomodé como pude en el asiento. La caras de los demás viajeros, era miradas llenas de odio y de culpa, fantasmas que me señalaban con el dedo y se burlaban de mí. Apoyé mi cabeza en el cristal para no mirarlos, para que esta vez, los remordimientos y la mala conciencia no me causaran una mala pasada. Veía la calle, el pasado, mis vivencias. Quería gritar, que dejaran de mirarme, que no me señalasen más con el dedo. Sólo lo hacía para no temer a la cruel soledad. ¡Qué sabrán ellos! De mis días con sus noches, de el teléfono que no suena, de no tener nada más que un motón de miedos.
Sólo me tenía a mí. Ni una sonrisa, ni una caricia. Aquel bulto sentado, solamente era un cuerpo vacío, unos ojos sin ilusiones.
Llega la hora de dejar el pasado, y no volver más a él. Tengo desasosiego, quiero bajar del autobús, pero un punto de dignidad me pide que no lo haga. Sé muy bien lo que me espera fuera, pero, a pesar de ello, quiero irme. Sé que si no bajo, nunca más volveré al pasado, al ver las mismas caras, los repetitivos días.
Dudo, lo pienso, sudo, tiemblo.
El autobús empieza a moverse y alguien dice que me bajaré en marcha, que no aguantaré el recorrido, que no soy fuerte. Que nadie ni nada me respeta.
Les miro, no tienen piedad. ¡Malditos seáis! No tenéis ni la mayor idea. No sois nadie.
Me acurruco sobre mi cuerpo. Ahora el respirar me duele. Casi no puedo hacerlo. Cierro los ojos y no pienso en nada, dejo mi mente en blanco. Pero el movimiento es inconfundible. No hay marcha atrás.
Por los cristales veo, como mi pasado, se queda lejano. No volveré a verlo más. Mientras nos vamos alejando, veo que poco a poco, los fantasmas, se van convirtiendo en personas, con vida o sin ella, que ni siquiera se dan cuenta de mi presencia. El miedo, se va apaciguando cuando más lejos estoy de mi vida anterior. Lloro, de alegría o de pena. ¡Qué más da! No sé, si hice bien. Lo único que sé, es que no regresaré.
El paisaje ahora se vuelve borroso, distante, lejano. Ya no hay rectificación alguna.
Me relajo en mi sitio y empiezo a olvidar lo que nunca tuve.
Baruch de Spinoza
Hace 18 horas
